La conexión entre una artista y una revelación personal sobre el propósito puede tomar caminos inesperados. Pero no fueron los pasos de la deslumbrante Lindsey Stirling los que me sirvieron de inspiración.
Fue un simple algoritmo, en este caso de YouTube, el que me arrojó un contenido que, por alguna extraña razón, disparó ideas y pensamientos sobre el medio ambiente, el propósito y la mediatización. Incluso, paradójicamente, lo hizo rememorándome una época previa a la de las redes sociales.
Luego de un buen rato con el reproductor concatenando temas de la violinista estadounidense, parece que el algoritmo debía seguir buscando y buscando; hasta que reprodujo un video de una organización ambientalista, con el tema Crystallize de Lindsey Stirling, como música de fondo.
«A hero can be anyone»
Así lo resumía Bruce Wayne en The Dark Knight Rises al explicar que, ocultando su identidad detrás de Batman, podía servir de inspiración al transmitir el mensaje de que «cualquiera podía ser un héroe».
El video en cuestión era un compilado frenético de secuencias con activistas en altamar persiguiendo y luchando contra embarcaciones de pesca ilegal. En uno de los fragmentos, se ve a una persona arrojarse desde su bote motorizado sobre una ballena atrapada, a punto de ser izada por la grúa del pesquero. Este ser humano no debe haber quedado muy lejos de las hélices del barco.
Digo «persona», como también «ser humano», porque no sé absolutamente nada de quién se arrojó para salvar al animal. No conozco ni su identidad ni ninguna de las variables demográficas con las que solemos clasificar la realidad.
Ni su edad, ni su género, ni su nacionalidad. Tampoco conozco su nivel educativo, ni su etnia, ni su orientación sexual, ni creencias religiosas (si las tuviese). Desconozco si era un activista profesional, un pescador arrepentido, o si se trataba de un desertor de la escuela primaria o de alguien con tres doctorados encima.
El punto es… ¿acaso importa? Cualquiera podría ser un héroe. Ciertamente, si no sabemos nada de quien ejecuta tal o cual acción valiosa, no nos queda otra que pensar que podría ser incluso alguien que conocemos, y que nunca supimos lo que había hecho ese día en altamar.
El heroísmo de unos pocos segundos
No me refiero, esta vez, al activista saltando sobre la ballena. Luego de reproducir varias veces esa secuencia del video, mientras escribo esto aún desconozco por qué mi mente saltó hacia lo que entendí que era el otro extremo del espectro.
Apenas unos pocos segundos le tomó a Evangelina Carrozzo desfilar frente a mandatarios mundiales en una cumbre en Viena en 2006, como parte de una protesta ambiental contra la radicación de las pasteras.
Esos pocos segundos parecieron suficientes para que sea recibida como una heroína al regresar a Argentina, como así también para concatenar durante años siguientes sus incursiones en el mundo del entretenimiento y la política.
No dudo que su acción haya servido para visibilizar aún más el reclamo que ya estaba en curso. Aportó su granito de arena; también es innegable que la retribución mediática y personal para ella fue enorme. Su nombre quedó asociado a esa causa, y su trayectoria creció al ritmo de esa visibilidad.
Sé que puede parecer un exceso de pragmatismo considerar que sólo vale la heroicidad en el campo de batalla, en detrimento de la estrategia de la imagen. Pero si hablamos de «poner el cuerpo», la balanza se inclina hacia el lado del silencio. Hay algo profundamente puro en el riesgo que no espera retorno; lejos de los flashes, los aplausos y los clics.
La época sin redes
Cabe recordar que, allá por el 2006, las redes sociales aún no dictaban el ritmo del mundo. Pero la viralización del desfile de la modelo frente a los líderes mundiales fue muy significativa.
La tendencia a priorizar el impacto estético y mediático por sobre el contenido real no es una característica de nuestra época, la de las redes sociales. Más bien, parece un rasgo intrínseco de nuestra psicología social. Las redes sólo han servido para amplificar y facilitar un exhibicionismo que ya latía en nosotros.
En el caso de Carrozzo, el sistema periodístico tradicional funcionó como el algoritmo de hoy, dándole una retribución inmediata en términos de fama y visibilidad personal.
La persona que saltó hacia la ballena lo hizo sin cálculos mediáticos ni algorítmicos. Pero su anonimato es, precisamente, lo que le da poder a su acción. Nos demuestra que el heroísmo real no necesita un perfil de Instagram ni una cámara de televisión, sino una convicción tan sólida que no cabe en ningún encuadre ni se detiene ante ningún scroll.
Nota publicada en Marzo 2026 directamente en mi perfil de LinkedIn (click aquí para ver).
Por Lic. Gino Baldissare
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